miércoles, mayo 18, 2005

Manolo

No era la primera vez que encontraba a Manolo con la mirada perdida, viendo como caían las gotas de lluvia contra el cristal y resbalaban haciendo caminitos sin querer. Parecía que con cada gota encontraba un nuevo recuerdo en su memoria de ochenta años sobre los que tan poco habíamos hablado. No era la primera vez que me lo quedaba mirando, sin juzgarlo ni pretender entenderlo, solo mirando el brillo de esos ojos cristalinos que más que para mirar parecía que los tuviese para iluminar esa cara cansada y arrugada de tanto haber vivido.

Sí en cambio fue la primera vez que se giró mientras suspiraba y me dijo:

-Hay que ver. Igual si me muero mañana... lo haría intranquilo.

Yo me sorprendí al tiempo que me asusté, pues no esperaba que me dijese nada, y mucho menos que me dijese que algo le preocupaba. Así es como todavía hoy me pregunto porqué aquel día me explicó la historia de su amigo Ramón.

Ramón era inventor, apenas tenía dos amigos, y Manolo era uno de los dos. Como inventor nunca tuvo fortuna, ya que de alguna u otra forma al poco de tener una idea y de estar a punto de llevarla a cabo aparecía en el mercado realizada por alguna empresa. A Ramón nunca le preocupó no tener muchos amigos, lo que sí que le traía por la calle de la amargura era no conseguir llevar a cabo ninguno de sus proyectos, y poco a poco se fue convenciendo que alguien le estaba robando las ideas. Un día se reunió con Manolo y le contó lo que pensaba hacer. Había decidido tomar medidas drásticas para acabar con los robos. Sólo Manolo estaba al tanto de sus inventos, ni tan siquiera su otro amigo conocía los detalles que compartía con Manolo, y como confiaba ciegamente en él sabía que no podría traicionarle jamás. Por eso había llegado a la conclusión que el problema lo tenía en casa, que de alguna manera las ideas escapaban desde su taller, y que tenía que ponerle remedio. Entonces le enseñó el casco de plomo que había construido y con el que pretendía evitar que las ideas escapasen y pudiesen ser atrapadas por otros.

A partir de entonces la suerte de Ramón empezó a cambiar, y consiguió desarrollar un par de artilugios que le permitieron seguir dedicándose a la invención un par de años hasta que un día, con cuarenta y ocho años recién cumplidos, apareció muerto en su taller, con su casco puesto y miles de ideas por terminar.

Todo esto me lo contó Manolo con la mirada perdida tras la ventana, viendo llover, o quizás viendo a Ramón bajo la lluvia. Entonces se quedó callado y me miró con sus ojos vidriosos y vivos como el mar.

- Nunca se lo dije, pero yo vendía sus ideas a sus espaldas y así gané todo el dinero que he tenido, sin que él supiese nada.

Y en su mirada pude ver con intensidad que no buscaba perdón, ni comprensión, solo quería que atendiese a cada una de las palabras que todavía resonaban en la habitación. Volvió la mirada a la ventana y se adelantó a mi pregunta con su respuesta.

- El día que me dijo que confiaba más en mí que en la porosidad de su cabeza dejé de vender nada que no fuese mío. Ahí empezó su fortuna, y acabó la mía, porque había perdido al mejor amigo que nunca tendría.